El gran pez, una mirada filosófica (II)

En El gran pez tanto como en la vida, en un momento llegan las tristezas y eso que creemos que es la madurez: olvidar los juegos y la fantasía. Conocemos la guerra, no alcanza la plata para comprarse zapatos, nos abandona la mujer de nuestros sueños.
Entonces olvidamos la fantasía que de niños utilizábamos casi como único recurso de vida, sin proponérnoslo.
Aquello no parece ocurrirle a Bloom: el mundo se detiene cuando encuentra en un circo a la mujer de sus sueños. Pero todo vuelve a andar muy rápido, ella desaparece en esa velocidad, y para ello Bloom trabajará en aquel circo de un pequeño déspota, sólo para conocer más datos acerca de su huidiza amada.
Entonces el motor de la fantasía será el amor. Aquella mujer más tarde será la madre de su hijo Will, aquel que de niño gozaba de las fantasiosas historias de su padre, aquel que pedía más y el que repetía los cuentos en rondas de niños.

Aquel, que cuando la responsabilidad de la oficina, el casamiento y la conciencia de un hijo venidero, lo vuelven más terrenal, y como muchos de nosotros, relega la fantasía para otros. Aquello lo distancia de su padre: Will no le perdona la fantasía. Sólo entenderá luego, que las elecciones no son de tiempo completo.
Fantasía o realidad, ¿una de dos?
¿A veces no es bello seguir creyendo en el Hombre de la Bolsa, en que hay efectivamente un superman camuflado en la redacción de un diario, o en la existencia de las bellas sirenas?
Adoptando una actitud filosófica, debería decir que lo mejor es abandonar esas ficciones, pues ¿qué otra cosa busca la filosofía que aquello que llamamos Verdad? Pero podemos tomar otra posición. Afortunadamente la vida no siempre es pura filosofía.
En Matrix el aparente villano sabiamente plantea que prefiere el sabor de un bife a punto, que la asquerosa pasta blanca que comían, a pesar de saber que la carne no es real y que solamente es parte de la binaria programación de la gran matriz.

Antes de seguir, veamos un poco lo que en filosofía se llama “La alegoría de la caverna” de Platón: Básicamente lo que esto cuenta, es la situación de unos cuantos hombres encadenados en una cueva, con un fuego detrás de ellos que refleja en las paredes las sombras de los objetos existentes y verdaderos. Ellos, por conocer sólo aquello, creen que las sombras son la realidad. Salir al mundo real los encandilaría. El trabajo del filósofo sería paulatinamente guiarlos en busca de esa verdad.
El Gran Pez nos muestra una opción muy interesante: Bloom sabía de las sombras, y sabía del fuego a sus espaldas. Pero él tenía el poder por sobre el fuego, él decidía cuando encenderlo y cuando sofocarlo. Su hijo, su esposa, estrellas guías que persiguió, fueron siempre reales. Lo demás fue un condimento. Un gran condimento.
¿Qué otra cosa hace el cine, sino algo similar a lo que Edward Bloom hacía?: contar un mundo distinto, y no mentirle a nadie.
Si no la han visto, les recomiendo ver El Gran Pez de Tim Burton. Es, en definitiva, un bello alegato de la ficcionalidad y la fantasía.
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Lunes, 30 de Noviembre de 2009
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