El gran pez, una mirada filosófica (I)

El gran pez (Big Fish) de Tim Burton cuenta en paralelo -en dos caminos distintos y a la vez complementarios- los últimos días de la vida de Edward Bloom y los racontos fantásticos de su vida.
Su hijo Will (Billy Crudup), cansado de la absoluta ficcionalidad de las historias de vida de su padre, se aleja de él y sólo regresa cuando éste enferma; intentando conjugar la fantasía con los hechos reales de la vida de su padre, y en consecuencia, los de su propia niñez.
La ventaja de saber
Un fantasioso raconto nos conduce hasta la infancia de Edward Bloom, personaje principal del filme. Allí un grupo de niños en un comienzo valientes, observan en el ojo de cristal de la bruja del pueblo la forma exacta en que han de morir.
Todos huyen salvo nuestro protagonista, que sentencia algo así como lo siguiente: “Quisiera ver yo también su ojo. Conocer el modo de mi muerte, puede ser una gran ventaja, pues sabré de qué otros tantos modos no moriré”. Conocer hace del joven Bloom un inmortal en potencia.
Podrá cruzar un bosque repleto de arañas saltarinas sin temor a morir en el intento, enfrentar a un gigantón ofreciéndose como su cena, vacacionar en el paraíso de los muertos y huir de allí, hasta emprenderse en una riesgosa misión bélica, y minutos antes de saltar del avión con su paracaídas en medio de Corea, sonreír y guiñarle el ojo al gruñón capitán de guerra.

Ya viejo, ya enfermo; Edward le dice a su hijo que aún no ha llegado la hora de su muerte. El más joven de los Bloom, retruca: “Entonces, ¿cómo es que sucede?”. El moribundo balbucea: “Es un final sorpresa , y no quiero echártelo a perder”.
Relatividades
Protágoras, filósofo griego del siglo V a.c., en su tesis más conocida sentenciaba: “El hombre es la medida de todas las cosas.” ¿Qué hay entonces, con esto?
Ahora El gran Pez, ¿qué culpa tiene en todo esto? Edward, adolescente, adolece: su cuerpo crece a pasos agigantados. Postrado en una cama, su única actividad es la lectura de una enciclopedia universal. Allí aprende acerca del pez carpa que en una pecera se mantiene pequeño, pero si lo pones en el río, crece dos, tres o cuatro veces su tamaño.
Luego más grande, ya popular, ya trascendiendo a su pequeña aldea americana, Bloom se enfrenta al gigante que llora su inmensa desgracia desproporcionada:
-¿Has pensado que quizá no es que seas demasiado grande, sino que este pueblo es demasiado pequeño? Para mí también lo es.
Estamos hablando del tamaño del alma, del espíritu. Bloom emprende un viaje junto al gigante, abandonando la pecera, volcándose al río que le permite “ejercer su relatividad a piaccere”.
El pez más grande del río alcanza su tamaño porque no se deja pescar.
Continuará…
Sábado, 28 de Noviembre de 2009
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