Más allá del sadomasoquismo posible, más allá del homicidio probable, el suicidio o cualquier otra sospecha acerca de David Carradine, yo me quedo con la certeza del cine: Bill está (vivo) frente a La Novia, con la katana levantada, mirándola fijamente.

Más allá del detective, de los resultados de la investigación (hoy hace 18 días que murió Carradine), más allá de la autopsia, su familia o la lencería roja en su habitación, me quedo con su cabeza rapada, me quedo con Kwai Chang Caine y su Kung Fu.

No me importa sus juegos eróticos, ni la asfixiofilia, tampoco sus cinco o seis matrimonios; me importa sus impecables actuaciones bajo las órdenes de Martin Scorsese (Boxcar Bertha, 1972); Hal Ashby (Esta tierra es mi tierra, 1976); o Ingmar Bergman (El huevo de la serpiente, 1977).

No me importan las hipótesis, ni lo que diga su ex mujer, Gail Jensen; el forense, o sus hermanos, Keith y Robert Carradine: más allá de las circunstancias, más allá del misterio o de las propias palabras de Carradine hace unos años (“hubo una época en mi vida cuando tenía una pistola Colt 45, cargada, en mi escritorio y cada noche la tomaba y pensaba en dispararme en la cabeza y entonces decidía no hacerlo y continuar con mi vida”), me quedo con sus más de 130 películas, me quedo, otra vez, con la certeza del cine: Bill frente a La Novia, con la katana en alto, mirando fijamente, vivo…

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Categoría Actores, Reflexiones, Varios

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