Crítica: Narnia, el León, la Bruja y el Armario

Cuando Harry Potter tenía tres películas en la calle y El Señor de los Anillos ya había finalizado su trilogía, en 2005 llegaba la primera entrega de Narnia. Obviamente, las comparaciones no tardaron en llegar, sobre todo con Harry Potter, pues eran las que apuntaban claramente al público más chico.

El Señor de los Anillos y Narnia comparten no solo la contemporaneidad y un mismo estudio de efectos especiales (Weta) sino también -que es quizás lo más importante- la amistad entre los autores J.R.R. Tolkien y C.S. Lewis. Estos se juntaban en el Inklings, un grupo compuesto por Tolkien, Lewis, Charles Williams y Owen Barfield en el cual compartían sus escritos (Tolkien criticó tanto la obra de Lewis que éste casi la abandona)

Narnia, el León, la Bruja y el Armario nos sitúa en una dualidad entre lo real y lo fantástico. Peter, Susan, Lucy y Edmund Pevensie son unos hermanos que se refugian en la casa de campo del excéntrico profesor Kirke escapando de la Segunda Guerra Mundial, allí por error, descubren dentro de un armario la puerta hacia la tierra de Narnia, un mundo fantástico dominado por Jadis, una bruja malvada que tiene a la bella tierra sumida en el invierno más crudo. Los chicos junto al León Aslan, otrora rey de Narnia, se convertirán en los salvadores de la tierra fantástica.

Si bien Narnia está emparentada con El Señor de los Anillos, las diferencias son muchas, sobre todo porque la primera carece de la acción y la violencia de la obra de Tolkien. Además, la explicación de cada raza o cada cuestión no está presente como en El Señor de los Anillos, muchas cosas quedan libradas al lector/espectador, cosa por la que justamente Tolkien criticó la obra de Lewis.

Si buscas oscuridad, violencia y monstruos feos y deformes, Narnia, el León, la Bruja y el Armario no es una buena opción.

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