Cisne Negro una alegoría de la identidad

La última película de Darren Aronofsky, Cisne Negro, no ha dejado a nadie indiferente. O se odia o se ama con todas las consecuencias, como todo su cine. La cinta que acaba de estrenar y que le ha valido el Oscar a Natalie Portman es eso, una joya.

En el metraje, que nos mantiene pegados a la butaca gracias a la impresionante composición de las imágenes y a la potencia de una historia metafórica, se destapan varias lecturas filosóficas interesantes, especialmente aquella acerca de la identidad personal.

Natalie Portman es una bailarina de ballet que acaba confundiendo el mundo real con aquel que surge, ni más ni menos, de su propia imaginación alentada por el miedo a perder el control y a ser relegada a un segundo plano, inquietud convenientemente forjada por su madre.

¿Quién es, el cisne blanco o el cisne negro? ¿La buena o la mala? Aronofsky juega al despiste y nos hace preguntarnos a cada segundo quién es ella, en una lectura magisral acerca de las raíces, lo que nos conforma y aquello que preferimos dejar por el camino. ¿O no?

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